La riqueza invisible

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Antonio Lafuente, investigador del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC, nos recuerda que hay una riqueza que es de todos: el aire, el agua, los ríos, las pesquerías, los pastos y los bosques son algunos ejemplos del procomún.

Antonio Lafuente, investigador del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC.

Allá por el 2007, en lo que hoy nos parece ya otro siglo, un grupo de académicos y activistas decidieron unir fuerzas en Madrid y crear el Laboratorio del Procomún. La palabra en cuestión sonaba entonces a anatema, por más que su principal impulsor, Antonio Lafuente, insistía en que estaba ya recogida en el diccionario de Nebrija (1492) y se refería a las actividades que se hacen "en provecho de todos".

"No estamos ante un término nuevo, sino ante una idea muy antigua que se define como "lo que es de todos y de nadie al mismo tiempo"", insiste Lafuente. "Hay gente que puede no estar de acuerdo, pero es una definición que entiende mi madre, y yo me fío mucho de su instinto".

Algunos bienes pertenecen a todos y en conjunto forman una comunidad de recursos que debe ser activamente protegida y gestionada

Conviene aclarar que Antonio Lafuente no es economista, como tampoco lo era su admirada Elinor Ostrom, premio Nobel de Economía en el 2009 y autora de El gobierno de los bienes comunes. Curiosamente, los análisis más profundos y certeros de la realidad económica provienen últimamente de académicos de otros campos, como es el caso de este granadino de 60 años, investigador del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC y autor de El carnaval de la tecnociencia.

Recuerda Lafuente que cuando empezaron a revindicar el uso del "procomún", frente a la adaptación directa del "commons" anglosajón, llegaron a tildarles de "anarquistas y comunistas". Y en esto llegó la crisis, y después el 15-M, y la palabra "procomún" pasó a formar parte del nuevo vocabulario reivindicativo (al que también se incorporó otro término ignorado hasta entonces: "empoderamiento").

El punto de partida, tal y como recuerdan en el Medialab Prado, es así de irrebatible: "Algunos bienes pertenecen a todos y en conjunto forman una comunidad de recursos que debe ser activamente protegida y gestionada. El procomún está constituido por las cosas que heredamos, o que creamos conjuntamente, y que esperamos pasar a las generaciones venideras".

El aire, el agua, los ríos, las pesquerías, los pastos y los bosques son algunos ejemplos del procomún. Y también las calles, los parques y la plazas, la lengua, el folclore, la gastronomía. Y el genoma, internet, Wikipedia, las ondas, el software libre. Antonio Lafuente habla incluso de los cuatro entornos del procomún: cuerpo, medio ambiente, ciudad y mundo digital (donde el horizonte se sigue ensanchando día a día).

El procomún es algo que muchas veces damos por hecho y que tiende a ser invisible, hasta que llega alguien que se lo quiere apropiar por lo civil o por lo militar

"El procomún es algo que muchas veces damos por hecho y que tiende a ser invisible, hasta que llega alguien que se lo quiere apropiar por lo civil o por lo militar", recuerda Antonio Lafuente, con un empeño especial en proyectar el concepto hacia lo digital, tendiendo puentes hacia la cultura de los "hackers" y el movimiento "netambientalista".

El procomún, en su último "update", reivindica de alguna manera la apertura de la red frente a la privatización abusiva. Se trata de anteponer la comunidad a la propiedad, para asegurar precisamente la máxima participación en este nuevo reparto del saber (Lafuente habla incluso de una Segunda Ilustración) en la que todos somos actores, frente al sacrosanto poder las corporaciones y del estado-nación.

Porque una cosa es lo común y otra es lo público, patrimonio del Estado. "Donde acaba lo patrimonial, ya sea público o privado, empieza lo procumunal", recalca Lafuente. "Los tres espacios viven entrelazados, aunque el procomún tiende a ser más invisible, hasta que sale a flote por los intentos de apropiación, como ocurre con el agua o con el genoma, o como empieza a pasar con el aire. El procomún es de alguna manera la riqueza oculta de las naciones".

Y cuando surgen las dudas o las fricciones, Lafuente se pregunta siempre: "¿Qué haría Elinor Ostrom?". La primera mujer galardonada con el Premio Nobel de Economía en el 2009, entrevistada para la ocasión por mi colega Pablo Pardo, estudió a fondo los sistemas de irrigación en Filipinas, Nepal y en España, los pastos de montaña en los Alpes y la pesca de bajura en Turquía, para llegar a una reveladora conclusión...

"Hay numerosas comunidades de individuos que se han basado en instituciones que no se asemejan ni al Estado ni al mercado, y así han conseguido gobernar algunos sistemas de recursos durante largos períodos de tiempo y con un razonable grado de éxito". "El procomún es al fin y al cabo una manera de gestión", concluye Antonio Lafuente, durante un breve pero intenso encuentro en el paseo del Prado. "La clave está pues en cómo gestionamos esa riqueza invisible en provecho de todos".

Filés o el futuro "comunal"



David de Ugarte
(Madrid, 1970)
tiene muy claro hacia dónde avanza el modelo de empresa en la "nueva era comunal" en la que ya estamos. Él lo vio venir desde hace tiempo, cuando dio el salto con "Piensa en red", seguida después por la Sociedad Cooperativa de las Indias Electrónicas, en la que lleva 12 años embarcado junto a su cómplices Juan Urrutia, Natalia Fernández y María Rodríguez entre otros.
Al nuevo modelo lo ha bautizado como filés, algo más que un nuevo tipo de empresa… “Los filés nacen por la experiencia de la socialización en comunidades virtuales y reivindican nuevas formas de democracia económica, frente al modelo vertical y jerarquizado que existía hasta ahora. Estamos ante una completa reinvención del cooperativismo”.
"El filé es algo muy pequeño, pero al mismo muy poderoso", afirma David de Ugarte, precursor del ciberpunk en España, “tecnólogo”, economista y emprendedor a partes iguales. "En cierto modo se trata de pymes transnacionales, democráticas y horizontales, que aprovechan las nuevas tecnologías para ensanchar la visión que hasta ahora teníamos del mundo. Lo que necesitamos son muchas filés que rompan fronteras y dinamicen la economía".
"Si queremos desarrollo local, hay que hacerlo a partir de las pymes, poniendo a sus servicio todo lo que hemos aprendido en Internet", asegura David de Ugarte. "La época en que los Gobiernos locales esperan la llegada de la gran empresa salvadora pasó a la historia. Hoy por hoy, si queremos desarrollo local, hay que hacerlo a partir de esa reinvención del modelo de empresa”.
Pequeña escala. Alta productividad. Largo alcance... David de Ugarte se aplicó la fórmula en el 2002 con la Sociedad Cooperativa de las Indias Electrónicas, una consultora transnacional de innovación, inteligencia y redes.
"Empezamos con tres mil euros y vamos avanzando a paso a paso. No vamos a solucionar el problema del paro en este país, pero todos los años somos capaces de crear un nuevo proyecto que da trabajo a seis o siete personas. Últimamente hemos creado «Fondaki», una empresa participada por una docena de pymes industriales, dedicada a la generación de inteligencia pública para la internacionalización. Y también «Enkidu», una cooperativa de desarrollo de software y servicios para fundaciones".
"En nuestro laboratorio tenemos ahora dos proyectos más", anticipa David de Ugarte. "Una reinvención de las universidades de verano y una línea de 'spimes', objetos para la 'Internet de las cosas". Con puerto en Bilbao y representación en Buenos Aires, las Indias Electrónicas se aprestan a abrir oficina en Burdeos a la vuelta del verano.
"Nos llamamos indianos porque nos consideramos exploradores del mundo que viene", recalca David. "Como América en su día, Internet es la nueva tierra de la abundancia. Y tenemos en nuestras manos las herramientas para lograr que esa riqueza de conocimiento sea distribuida".
"Estamos avanzando hacia un nuevo modelo de hacer las cosas", recalca el ilustre "indiano". "El movimiento de “software” libre no fue más que la avanzadilla que ha posibilitado otra manera más barata y eficiente de hacer las cosas. La meta es la democracia económica: un modelo de producción P2P (entre pares), una sociedad de microproductores que aprovechan el procomún del conocimiento y que a cambio lo devuelven para aumentar la abundancia colectiva”.