Blog de Ignacio Abella

Vivo con parsimonia (siempre que puedo), me gusta caminar por el bosque, trabajar la madera, la huerta, cultivar plantas extrañas de nombres sonoros y aromas secretos. Me gusta escribir, contar, cantar... Aún no he descubierto qué quiero ser de mayor...

Blog de Ignacio Abella: La memoria del bosque.

 

 

Defender el árbol es defender la Tierra, la inocencia, la cultura y la belleza y todo aquello que no tiene voz ni armas para defenderse. Defender el árbol es defendernos a nosotros mismos. Por eso, el parque Gezi de Estambul ha sido el detonante de una primavera turca.

En los acantilados del mar Cantábrico, el viento es un jardinero tenaz y constante, podando olas de aladierno.

Por los prados frescos, en los ribazos y en los setos, desde hace casi un mes llevan floreciendo las llamadas lágrimas de la virgen.

Un tejo vela por su cabaña en la sierra del Cuera, desde hace siglos. La tradición manda que estos árboles se plantaran para proteger las casas y cabañas del viento y de la lluvia, del frío y del calor.

Muchos paisanos creían además que el viejo árbol totémico les resguardaba de la mala suerte y de todo tipo de maleficios y atraía la fortuna a la hacienda y la familia.

Empiezan las primaveras. Ya en enero vimos primaverar al eléboro, que, por estas tierras asturianas, llaman Llaverol, porque es la llave del año, la primera planta que florece y anuncia si las cosechas serán buenas; pero a partir de ahí tenemos los narcisos y las flores del ciruelo, que ahora mismo empiezan a abrirse, las hepáticas y los ranúnculos, las violetas y la alquímila.

Es tiempo de primaverar desde dentro hacia afuera.

Cuando un árbol nace, balbuceando sus primeros pasos sobre la corteza de la Tierra, difícilmente tomamos conciencia de lo que puede llegar a ser y ocupar. Incluso el que lo sembró apenas ve en él una posibilidad entre otras muchas, en la nutrida población del vivero.

Los etnógrafos vascos han recogido infinidad de historias de Mari, también llamada la Dama de Amboto o Dama de Aketegui. Bajo la forma de una nube, una bola de fuego y otras muchas, se la ha visto recorrer los montes vascos como una exhalación.

En el pequeño cementerio de Deiá, a los pies de un ciprés que mira hacia el mar, la tumba de Robert Graves es en sí misma un poema. Una sola palabra es el epitafio que resume toda una vida: poeta. Y se nos antoja que no puede haber una declaración más contundente, una soberbia tan íntegra o una humildad tan suprema. La sencillez de esta “lápida” es una de las mejores obras del maestro. Una perfecta declaración de principios.

Entre todos los paraísos perdidos de nuestra niñez, existe uno que ocupa un lugar especial en el recuerdo. En cada casa de cada pueblo, había un pequeño jardín de paisana que pertenecía al universo de nuestros abuelos. Rodeado de un muro de piedra, con su portillo de madera, era la imagen exacta del carácter de la familia. Durante todo el verano, se dejaban sentir los aromas de los alhelíes y los rosales antiguos que se cuidaban con esmero por el simple placer y el orgullo de crear un espacio hermoso y bienoliente.

En la tradición vasca, los doce primeros días de enero se llaman días de pronóstico: Zotalegun. Se creía que sirven para pronosticar el tiempo que hará durante los doce meses del año y así cada uno de estos días representa al mes correspondiente.

El 1º de año corresponde a enero y así sucesivamente. Es curioso que la misma creencia esté presente en China y en la India, en referencia a los doce días del centro del invierno.

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