Ciudades inteligentes? o ciudadanos inteligentes

Ciudades inteligentes? o ciudadanos inteligentes

17 Julio 2016
0 comentarios
Medellín
Medellín Metrocable Linea J – Image by Steven Dale

Me parece un autoengaño mayúsculo creerse la idea de que vamos a cambiar el mundo creando una sociedad más justa, parar el deterioro medio ambiental, el calentamiento global, la desaparición de las especies y todas las trastadas que el ser humano está haciendo, con pequeños gestos individuales. Creo que fomentar esta idea es un mecanismo del propio sistema capitalista para seguir perpetuándose eternamente. La base del problema, bajo mi modo de ver, es creer que un sistema político-económico, que cree que el bienestar está en el crecimiento y que este hay que basarlo en el consumo, lo vamos a parar cambiando las bombillas de nuestra casa o utilizando un coche eléctrico súper eficiente.

La urgencia del problema no da para esto. Quizás, si al comienzo de la revolución industrial hubiésemos implementado un código de obligatorio cumplimiento para no desarrollar una cultura del despilfarro, la transición o evolución hacia una súper civilización tecnificada verde hubiese podido ser una realidad, pero lo que ahora nos piden los hechos es algo mucho más radical y urgente o no llegaremos a tiempo.

Cansado ya de tanta “ciudad inteligente”, concepto que a un servidor le parece confusa y ambigua y que, salvo contadas excepciones, solo se centra en aspectos de puro marketing, sigo siendo de la opinión de que la tecnología no hará que las ciudades sean más inteligentes, y parece que en foros, congresos y eventos son el eje central de discusión, enarbolando esta idea como el paradigma del no va más. Aburre tanta smart city, tanto ciudad eficiente o ciudad súper-eficiente. Lo que hará que las ciudades sean más inteligentes será la inteligencia colectiva, que sus habitantes sean conscientes de lo insostenible de la ciudad actual como organismo vivo dependiente y parasitario y de la necesidad de un cambio radical hacia un organismo autónomo y capaz de sobrevivir sin esquilmar su entorno; cuando sus propios habitantes actúen de forma colectiva, dentro de una idea del procomún y que ellos mismos sean más inteligentes. Creo que la idea de la smart city no deja de ser otra excusa para seguir haciendo lo que venimos haciendo desde la eternidad.

Evgeny Morozov, en un artículo del País, daba un repaso a una serie de detractores a la ciudad inteligente: “El consenso que se está imponiendo —según el cual la “ciudad inteligente” debe ser eficiente, libre de fricciones y gestionada por empresas de alta tecnología— resulta polémico. Críticos como el diseñador y artista británico Usman Haque defienden las virtudes del desorden, aduciendo que las iniciativas destinadas a evitar conflictos mediante analistas de macro datos son incompatibles con el urbanismo. En su libro de 2013 Smart Cities Anthony Townsend, otro vehemente detractor de las “ciudades inteligentes”, señala que son sus habitantes los que deben tener capacidad para hackearlas y modificarlas; de lo contrario, estarán tan infestadas de virus y resultarán tan limitadoras como nuestros programas informáticos.

Adam Greenfield, también ensayista sobre temas tecnológicos, ha escrito hace poco Contra la Ciudad Inteligente, un incisivo panfleto en el que advierte de que la propia etiqueta “ciudad inteligente” sirve de tapadera retórica para la privatización de los servicios públicos”.

Posiblemente la ciudad más inteligente no es la que más chips y sensores lleve. Alguien nombró la ciudad Medellín, en Colombia, como una de las ciudades “más inteligentes” del mundo. Hace años, se producían en la ciudad innumerables asesinatos de bandas, pero sus problemáticas favelas se reintegraron en la ciudad, no con smartphones, sino con instalaciones deportivas financiadas con fondos públicos y un teleférico que las conecta con la ciudad. Ahora se cita con frecuencia a Medellín como ejemplo de “urbanismo social” y, el año pasado, fue nombrada ciudad más innovadora del mundo por el Urban Land Institute.