Sonidos que curan

0 comentarios

Las vibraciones sonoras actúan sobre mente y cuerpo. Forman parte de terapias antiguas y modernas, y pueden utilizarse en el autotratamiento a través de la música.

La soprano entona una nota agudísima y la copa de cristal se rompe. La balada que canta el conjunto pop lleva hasta las lágrimas al público. La nana duerme al bebé. El sonido y la música tienen un poder que se manifiesta de manera cotidiana y sin embargo continúa siendo en buena medida un gran misterio. ¿Pueden las notas musicales servir realmente para curar o prevenir las enfermedades? ¿Podemos aprovecharnos conscientemente de los sonidos para potenciar nuestra salud física y mental? ¿Qué tipo de sonidos son estos? ¿Pueden utilizarse en el desarrollo espiritual?   

Para comprender el efecto sobre la salud del sonido y la música primero hay que conocer sus características. La música está compuesta por silencios y sonidos, y éstos por tonos (o notas musicales) y armónicos. Cuando se golpea un gong, por ejemplo, se produce un tono fundamental, con una determinada frecuencia vibratoria, que resuena por la superficie del instrumento y produce sus armónicos. La combinación de tono y armónicos da lugar al timbre, que es peculiar de cada instrumento y de cada voz. Por último, la sucesión de notas a una velocidad determinada produce armonía y ritmo musicales. Por tanto, el efecto de los sonidos y la música sobre la salud deben tener relación con estos conceptos, a menos que existan otros que la ciencia física actual no conoce.

Por otra parte, el sonido se propaga mediante ondas por el aire, el líquido e incluso los medios sólidos hasta impactar en el oído. Este las captura y las reproduce en el tímpano vibrante para que lleguen hasta el auténtico receptor auditivo, el órgano de Corti, cubierto de 20.000 células pilosas, donde se convierten en impulsos nerviosos que a través del nervio auditivo arriban en unos milisegundos al cerebro, que las descodifica y traduce en sensaciones auditivas. 

El sonido nos hace humanos

Explicado así, parece la descripción científica de un fenómeno como cualquier otro, pero posiblemente sea el sonido lo que nos hace nacer como seres humanos, bien en la etapa fetal, cuando nos sentimos constantemente acompañados por el tam tam del corazón de la madre o luego, al llorar por primera vez y sentirnos dueños de una voz con la que podremos comunicarnos. 

La etimología de la palabra persona informa de este dato esencial: a través del latín (personare) alude a la máscara que en el teatro griego hacía resonar la voz de los actores. La música nos acompaña desde siempre. Los neandertales tocaban la flauta que fabricaban con fémures de osos. En una cueva de la región alemana del Schwäbische Alb se halló en 1973 una flauta hecha con hueso de cisne. El instrumento contaba con tres orificios y tenía una antigüedad aproximada de 35.000 años. El primer tambor debió fabricarse mucho antes. 

Si el sonido y la música forman parte de la naturaleza humana, es lógico pensar que se pueden utilizar terapéuticamente. Los intentos en este sentido son seguramente tan antiguos como la humanidad. La historia de la musicoterapia en Occidente se remonta al menos hasta Pitágoras (siglo VI adC). Descubrió que los tonos y sus armónicos obedecían a una proporción matemática y como los números reflejaban para Pitágoras el orden perfecto del Universo, la música se convirtió en una poderosa medicina que aportaba armonía al organismo. Al parecer, los pitagóricos, músicos y matemáticos a la vez, realizaban composiciones para tratar los trastornos del alma y el cuerpo. 

Según algunos autores, Pitágoras pudo tomar ideas de los egipcios, que utilizaron la música como agente capaz de curar el cuerpo, calmar la mente y purificar el alma. El papiro Kahun, datado en el 1800 adC, auque reproduce conocimientos más antiguos, es el primer documento escrito acerca de la influencia de la música sobre el cuerpo humano. 

Canto de armónicos


En todos los lugares y tiempos, los sanadores y los sacerdotes han utilizado el sonido para provocar efectos positivos en los oyentes. Los chamanes de Mongolia, las mujeres xhosa de Sudáfrica o los lamas del Tíbet han desarrollado técnicas de canto para que el sonido resuene en las cavidades craneales y del resto del cuerpo, de manera que los armónicos se amplifiquen. El resultado es un sonido complejo y poderoso. Es imposible no estremecerse ante el “canto de la voz grave” de los monjes tibetanos. Su objetivo es que cada frecuencia vibratoria actúe sobre un aspecto del ser humano: los tonos fundamentales bajos sobre el cuerpo físico, y los armónicos, sobre la mente. Ciertos instrumentos, como el didjeridú australiano, el monocordio, los cuencos tibetanos, el gong o la tampura india, se tocan con los mismos fines.

Las grandes tradiciones avalan la utilización del sonido. En la literatura védica, el sonido es el aspecto más importante de la curación, más que cualquier otra cosa. La vibración da forma a la materia. Om es un mantra (instrumento de la mente) y hace referencia al sonido primordial que dio lugar al universo. Se pronuncia en todos los rituales y se espera un efecto benefactor.

Good vibrations


El sonido, como la luz, es vibración. Sólo se diferencian físicamente en la velocidad. En la medicina tradicional de la India –ayurveda– o en las modernas terapias energéticas se combina luz y sonido para potenciar sus efectos.

• Sonido que se oye, luz que se ve. La frecuencia de vibración se mide en herzios (Hz). Los sonidos entre 16 Hz y 20.000 Hz son audibles por el oído humano. El espectro de luz visible va de los 384 hasta 789 THz (billones de herzios).

• La Ley de la Octava, descubierta por G.I. Gurdjieff, permite establecer una correspondencia matemática entre los sonidos y los colores. Los espectros de sonido y luz están separados por 40 octavas. Si tenemos un sonido (la nota la, por ejemplo, que vibra a 440 Hz) y se realizan octavaciones sucesivas se obtiene el color amarillo anaranjado. De esta manera a cada uno de los 12 tonos básicos se le asigna un color. 

Hans Cousto, matemático y musicólogo suizo, ha creado un sistema que relaciona planetas, sonidos, colores y determinados efectos psicológicos.

En lenguaje científico occidental, cada cosa, incluidos los órganos del cuerpo, poseen una frecuencia de vibración, es decir un sonido propio. Teóricamente el sonido podría utilizarse terapéuticamente cuando el órgano pierde su tono peculiar debido a un trastorno. El medio de acción es bien conocido: la resonancia o “contagio” de la vibración, como puede comprobarse, por ejemplo, con dos diapasones: cuando se golpea uno, haciéndolo vibrar y sonar, el otro, sin ser tocado, también suena.   

Cuencos tibetanos

Una de las terapias tradicionales de sonido más conocidas es la de los cuencos tibetanos. Al hacerlos sonar mediante un mortero emiten sonidos de frecuencia baja que modifican la actividad eléctrica del cerebro. Estudios realizados en la Escuela Superior Técnica de Posen (Alemania), muestran que, bajo su efecto, el cerebro adquiere un patrón de funcionamiento similar al del sueño, obteniéndose como resultado una relajación profunda. Según el terapeuta Peter Hess, “la calma mental permite al subconsciente admitir nueva información y ordenarla; de esta manera se superan bloqueos y miedos, y se movilizan las fuerzas autocurativas”. Las indicaciones más frecuentes de la terapia con cuencos son el estrés, los dolores de cabeza y espalda, las alteraciones del sueño y los trastornos de los órganos digestivos.

Los tonos que salen de un cuenco dependen de su forma, tamaño y material. Los más pesados y grandes alcanzan los 1,5 kg y diámetros de 25 cm. Los de más calidad están compuestos de mezclas de hasta doce metales a los que se atribuyen tradicionalmente propiedades salutíferas. Al golpear o rozar los cuencos con una especie de mazos de mortero forrados con distintos materiales, como cuero, goma o tela, se obtienen timbres diferentes. Los sonidos pueden durar varios minutos y resultan envolventes: parecen ir de un oído a otro o venir desde diferentes direcciones. En la terapia, se utilizan varios cuencos que se colocan rodeando al paciente y se hacen sonar uno a uno y luego todos juntos. Incluso es posible colocar los cuencos directamente sobre la persona para realizar un “masaje de sonido”. 

El músico y terapeuta Pius Vögel ha creado una terapia moderna de sonido. Después de años de investigación personal y con sus pacientes, asegura que ha conseguido determinar el efecto de cada una de las notas sobre el estado de ánimo y la salud. Así, por ejemplo, el tono de frecuencia 136,10 Hz tiene acción tranquilizante y equilibrante. En cambio el tono de 194,18 Hz resulta dinamizante y fortalecedor. Además Vögel ha asignado a cada órgano un sonido concreto. Pero lo más curioso es cómo encuentra Vögel cuál es el sonido que le hace falta a su paciente: analiza informáticamente su voz y busca las deficiencias. El experto en análisis de voz Heinz-Udo Vitz asegura que en la sociedad actual el exceso de estímulos es la causa más frecuente de alteraciones en la voz y en consecuencia en la salud, como alergias, nerviosismo e hipersensibilidad.

Las teorías de Vögel y Vitz están en los márgenes de la ciencia. La corriente principal sólo reconoce por el momento los efectos sobre el sistema nervioso. Para la musicoterapia oficial existen dos tipos principales de música en relación con sus efectos: por una parte, la música sedante, que es de naturaleza melódica y se caracteriza por tener ritmo regular, dinámica predecible y consonancia armónica, y por otra parte, la música estimulante, que induce a la acción y dispara las emociones. 

Efectos reconocidos

Los musicoterapeutas han estudiado los efectos de cada uno de los elementos que componen la música y el sonido. El tempo lento, entre 60 y 80 bpm (beats per minute, pulsos por minuto) suscita impresiones de dignidad, calma, serenidad, ternura y tristeza. Los tempos rápidos, de 100 a 150 bpm, provocan alegría, excitación y fuerza. Los acordes consonantes (compuestos por notas que combinan bien) están asociados al equilibrio, el reposo y la alegría. Los acordes disonantes (combinación de notas que chirría) se asocian a la inquietud, el deseo, la preocupación y la agitación. La tonalidad de modo mayor resulta alegre, viva, graciosa y extrovertida. La de modo menor evoca melancolía e introversión. Las notas agudas provocan actitud de alerta, aumentan los reflejos y eliminan el cansancio (aunque si se mantienen demasiado tiempo provocan descontrol nervioso). Las notas graves producen tranquilidad o pesimismo. Una intensidad (volumen) demasiado alta puede resultar torturante.

Para el investigador Eckart Altenmüller, del Instituto de Fisiología Musical y Medicina Musical  de la Escuela Superior de Música y Teatro de Hannover (Alemania), la música resulta muy eficaz en la socialización de los individuos. Los primeros seres humanos crearon cantos con un ritmo constante que cohesionaban el grupo, les daban seguridad e impresionaban a posibles enemigos. Los miembros de las selecciones deportivas nacionales, cuando entonan sus himnos en las competiciones, mantienen vivo aquel espíritu.

La música hace el grupo

Da igual si se trata de un coro religioso, una banda de jazz o una orquesta sinfónica. Incluso estando solos en casa y escuchando música con auriculares se experimenta el sentimiento de forma parte de un grupo. El investigador japonés Hajime Fukui descubrió que los hombres que hacen música juntos producen menos testosterona y menos cortisol, hormonas relacionadas con el estrés. En cambio, producen más oxitocina, la hormona que favorece la unión social (y sexual). Fukui concluyó que la música reduce el miedo y aumenta la solidaridad entre personas.

Altenmüller define también la música como “el idioma de los sentimientos”. Seguramente se utilizó en las relaciones íntimas entre madres e hijos y después sirvió para reforzar los vínculos entre los miembros de grupos cada vez más numerosos. Otro experto, Reinhard Kopiez, dice que en la memoria guardamos asociaciones entre músicas y emociones que pueden ser revividas en cualquier momento.

Los secretos de la emoción

Después de observar los electrocardigogramas y los cambios en la tensión arterial o en la humedad de la piel de voluntarios de 11 a 72 años mientras escuchaban distintos tipos de música, Kopiez ha determinado que las reacciones corporales aparecen con más frecuencia con las músicas que cada persona ya conoce. Pero hay temas que erizan los vellos, hacen llorar o reír a casi todas las personas. El secreto está en el empleo de determinados trucos: la presencia de un coro potente, un inesperado solo de guitarra o violín, la aparición de una voz solitaria y melancólica en medio de una canción pop… Los aparatos medidores de Kopiez registraban reacciones importantes cuando se producían saltos de tonos bajos a otros muy altos o cuando la música, de pronto, se hacía silenciosa o muy ruidosa.

La música actúa también sobre la química cerebral. Los neurólogos Anne Blood y Robert Zatorre, de la Universidad McGill en Montreal (Canadá), descubrieron que en los momentos de máximo placer musical se activan áreas del cerebro que también se “encienden” durante las relaciones sexuales, el consumo de drogas o la ingesta de chocolate. No resulta sorprendente que la música se utilicen en ocasiones como mera droga recreacional. Pero de la misma manera que una sustancia química puede ser veneno o medicina, las ondas sonoras son un medio terapéutico lleno de posibilidades. Hans-Helmut Decker-Voigt, director del Instituto para Musicoterapia de la Escuela Superior de Música y Teatro de Hamburgo, asegura que se consiguen resultados excelentes, por ejemplo, en el tratamiento de los niños que nacen prematuramente y en las enfermedades relacionadas con el envejecimiento.

En el Hospital Universitario de Canarias, los voluntarios de la organización Prematuros Sin Fronteras cantan nanas a los pequeños, al tiempo que les hacen oír una grabación con ruidos ambientales, las voces de sus padres y el latido de un corazón para reproducir con la máxima fidelidad los estímulos que hubieran recibido en el seno materno. Desde que la iniciativa se ha puesto en práctica los bebés duermen más, lloran menos y su frecuencia cardiaca es menor.

Artículos relacionados


Música para niños

La alquimia del sonido binaural

Remedio  inmunitario

Decker-Voigt subraya que la música en general mejora la eficacia del sistema inmunitario, por lo que es recomendable en caso de enfermedad y como agradable herramienta preventiva de uso diario. Pero afirma que sobre todo puede convertirse en un excelente autotramiento de los desequilibrios del estado de ánimo. Los adolescentes se lo aplican constantemente, pues escuchan mayoritariamente música pop o tecno cuyo ritmo es perfecto para obtener sensación de seguridad.

Botiquín de música

Conseguir el estado de ánimo deseado en unos instantes, asimilar experiencias dolorosas (reviviendo en ocasiones el sentimiento, para luego animarse) o sacar fuerzas de flaqueza... todo es posible gracias al tema musical adecuado.

Para asimilar la tristeza. Convienen piezas entre lentas y medianamente rápidas que están sobre los 60-80 bpm. También los temas donde la voz solista realiza saltos desde notas altas a bajas, consiguiendo un gran efecto dramático. Temas: Wild horse, de Rolling Stones. Ship Song, de Nick Caven and the Bad Seeds. The Long and Winding Road, de The Beatles. Don´t speak, de No Doubt. You´ve got a Friend, de Carole King. Love is a losing game, de Amy Winehouse.

Para salir de la pena. Están indicadas las piezas entre los 100 y los 140 bpm por minuto. Con frecuencia las canciones tienen estribillos cantables y coros que transmiten el mensaje “no estás sólo”. Temas: I will survive, de Gloria Gaynor. The way I do, de Melissa Etheridge. The Winner takes it all, de ABBA.

Para estar alegre. Se recomiendan las músicas con  giros de la melodía,  instrumentos de viento y tambores imprescindibles. Temas: La Traviata, de Giusseppe Verdi. Las cuatro estaciones, La Primavera, de Antonio Vivaldi. Moon River, de Frank Sinatra. Time to say goodbay, de Andrea Boccelli. What´s going on, de Marvin Gaye.

Para tener más energía. Son piezas rápidas, a partir de 120 bpm por minuto. Las melodías tienen un efecto vital y el ritmo es muy importante. También son esenciales los coros alegres y los instrumentos de viento. Temas: Concierto de Brandenburgo nº 1,  de J.S.Bach. A banda, de Chico Buarque. I say a little prayer for you, de Aretha Franklin. Can´t buy me love, de The Beatles. Hey Ya, de Outcast.

Para desprenderse de la ira. Debe ser rápida —más de 140 bpm por minuto. Con ritmos rectos y stakkatos bruscos de guitarras y baterías muy potentes. Es decisivo que las canciones sean fuertes, que haya empleos sorprendentes de guitarras muy ruidosos. Temas: Smells like teen spirit, de Nirvana. Somebody told me, de The Killers. American idiot, de Green Day. Sinfonía nº 7, de Ludwig van Beethoven.

Artículos Relacionados

Por El Correo del Sol
Por Claudina Navarro
Por Manuel Núñez y Claudina Navarro
Por Manu Corral
Por Natalia de la Torre
Por Mireia Darder y Ferran Lacoma *